Tuve un sueño, ¿sabías? Soñé que el mundo se estaba acabando y que todos huían. No sé hacia dónde, pero huían. Padres, hijos, hermanos, todos juntos. Gritaban, lloraban, se ayudaban los unos a los otros, mientras el suelo rugía. Rugía y temblaba. Sólo yo no podía huir. Estaba en esta cama, sintiendo el mundo acabarse afuera, pero sin tener quien me ayudara a levantar. Sin embargo, estaba la luz encendida, como noche tras noche... ¿Te das cuenta de lo que eso significa?

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martes, 18 de enero de 2011

Sólo la sinceridad salva una obra

Entrevista con el escritor y guionista Pablo Bergues

Por MAYKEL REYES LEYVA


―¿Quieres un poco de café?

Digo que sí y sale de la habitación. Regresa un par de minutos después, tiempo suficiente para que yo pueda tener lista la grabadora. Una taza de café humeante a las nueve de la mañana preludia la larga charla que se avecina. Estoy aquí intentando hacer realidad un viejo sueño, sólo que él no lo sabe. Afuera, el barrio La Rosalía, de San Miguel del Padrón, recién comienza a despertar. Dentro, en la habitación que él mismo suele llamar “mi estudio”, Pablo Bergues se apresta a hablar.

Su figura gruesa y pequeña me resulta familiar. Hace exactamente diecisiete años que lo conozco, por eso no existe protocolo entre nosotros. Aún recuerdo el tiempo en que solía identificarlo por su bicicleta china, su gorra bolchevique y su pipa. Ahora es distinto. Ahora Pablo es un maestro entrañable y un amigo querido; un hombre poco común. Su historia personal lo demuestra.

Nació en 1945, en un lugar llamado Marimón, perteneciente a El Cobre, en Santiago de Cuba. Su madre lo puso a estudiar en una escuela religiosa que existía entonces: Don Bosco. Pero ahí sólo pudo cursar los dos primeros grados. Cuando vio que a un par de hermanos pobres se les echaba por carecer la familia de dinero para pagar la enseñanza, supo que ese tampoco era su lugar y decidió irse. Eso fue por el año 54. Por mucho que insistió, su madre no consiguió hacerlo volver. Ni a esa ni a ninguna escuela pública. Había aprendido a leer bastante bien. En Don Bosco los curas primero enseñaban a leer y luego a escribir. Aprendió lo segundo cuando ya contaba con 15 años de edad, lo cual justifica hasta cierto punto su dificultad para hacer la letra D. Para entonces había dejado de ser un simple muchacho de campo para unirse, con 13 años, a la lucha de liberación nacional como mensajero de uno de los pelotones de la Columna No. 10 del III Frente. Con posterioridad, participó de manera activa en la limpia del Escambray. 

Leía mucho. Primero Historia, luego Literatura. Nunca llegó a hacer la Primaria ni la Secundaria, mucho menos el Pre. Entró en la Universidad por examen de ingreso. Le costaba ver a sus compañeros de trabajo, incluso los más viejos, graduarse de Periodismo e Historia del Arte, mientras él no hacía nada. Toda su educación, toda su sabiduría, había sido adquirida de manera autodidacta. Cuando se graduó, con menos de cinco años de esfuerzo, en la licenciatura en Historia, muchos pensaron que se trataba de una suerte de genio. Pero no era así. Sucede que desde hacía varios años Pablo Bergues se desempeñaba como guionista del popular espacio televisivo Escriba y lea. Y esta es otra historia.

En los años 70 Gregorio Bello San Pedro, guionista oficial del programa y también destacado luchador clandestino contra Batista en la capital, venía teniendo problemas de salud. Pablo comenzó a ayudarlo para evitarle tanta presión, hasta que finalmente Gregorio tuvo que jubilarse. Pablo asumió solo toda la responsabilidad. La titánica tarea lo ayudó a reorientar sus lecturas y a conocer los sismos de la cultura universal. Tenía la obligación de hacer el programa para tres profesores universitarios, por lo que debió estudiar muchísimo con la intención de “subir la parada”. Además, hacía la selección de los temas, teniendo que investigar hasta el cansancio. Ya para ese entonces llevaba sobre sí varias menciones en el Concurso de Narrativa 26 de Julio y una mención en el Concurso UNEAC de 1975.

¿Cuándo te decidiste por la literatura como oficio?

No sé si lo que voy a decirte dará respuesta a tu pregunta. En el año 68 me mandaron a estudiar Diplomacia a la Escuela del Partido Ñico López. En seguida me di cuenta de que no había nacido para eso y quise irme. No me gustaba la Diplomacia. Pero ya tenía ganada la admiración de la dirección de la escuela y el subdirector me pidió que me quedara como una suerte de secretario, ayudando en lo que pudiera. Ahí tuve la oportunidad de conocer a Eduardo del Llano; a Humberto Pérez, un gran economista; y a otras figuras de la enseñanza de la escuela con las que podía sentarme a hablar de muchos temas, sobre todo de los fenómenos relacionados con el campo socialista. Ya para ese entonces había estado en Checoslovaquia, había estado también en las tabernas que menciona el poeta Roque Dalton, y conocía de los sucesos que ocurrieron en Hungría, y conocía las opiniones que se tenían del socialismo y todo eso lo fui recepcionando y me puse a pensar en el tema, y comencé a tener una visión crítica del socialismo. Llegué a tener ─y lo digo sin autosuficiencia─ una visión crítica del socialismo mucho más completa que la de la mayoría de mis contemporáneos. Esa misma visión fue la que me llevó a escribir mi novela Propietario del Alba. La gente se asombró de que en una época tan temprana yo anunciara cómo un núcleo débil, y no el Partido, fuera el causante de la muerte de uno de los personajes de la novela. El resultado fue producto de mi experiencia, de mis conocimientos sobre el fenómeno, de la no idealización del socialismo.

¿Por qué prefieres el género policiaco?

La respuesta está en El difícil arte de matar, de Raymond Chandler. Ahí está el presupuesto del por qué una literatura de este tipo puede servir para adentrarse en los problemas que tiene la sociedad. El gran dilema que tiene la sociedad desde los tiempos de Roma, es la corrupción. El ser humano no ha conseguido espantar a la corrupción de cualquier proyecto de sociedad. Nunca ha dejado de estar, de acompañarnos. Lo que sí nunca estuvo fue la policía para combatirla, y ésta surge en la época de Tiberio, y no precisamente con ese objetivo, sino para proteger a los emperadores. Pues bien, la droga, la doble moral, la corrupción… todo ese condimento de las sociedades modernas han acompañado siempre a las sociedades antiguas. Por lo tanto, el policiaco en mí es un pretexto. Me permite acercarme más a lo social, al hombre en su vida social, pasional… Si te aproximas a las novelas de Raymond Chandler y Dashiell Hammett, cargadas de una tremenda crudeza, verás que van a buscar las razones sociales de un crimen; qué responsabilidad tiene la sociedad, sus instituciones, en que aumente la tasa de criminalidad. Pero, ¿el crimen aumenta sólo por responsabilidad de las instituciones o es también responsabilidad del Estado mismo, que a veces tiene una economía desastrosa e incierta? El delito casi siempre va aparejado a lo económico. El Estado, cualquiera que este sea, tiene la obligación de proteger al ciudadano. Entonces, cuando llegas al policiaco te percatas más que nunca de cuánta responsabilidad tiene el Estado en materia de comportamiento del crimen. Así que el policiaco no sólo sirve para hallar al culpable, sino también para descubrir las causas y consecuencias que pueda haber tras un delito. El policiaco no debe resolver esos problemas; el policiaco va a plantearse los grandes problemas. Debe mostrar la sociedad.

¿Cuáles consideras tú son los mayores aciertos y desaciertos de la narrativa policíaca cubana? 

Como en otros géneros, dentro de la literatura policíaca cubana hay novelas salvables y novelas repudiables. En las décadas del setenta y ochenta del pasado siglo, la literatura policíaca se traumatizó con la llegada de la improvisación y el aventurismo. Llegaron a ella mucha gente que no tenía formación literaria alguna, que no habían leído suficiente, que no conocían siquiera las obras de Agatha Christie o George Simenon, y eso se notaba. Malos escritores fueron favorecidos por una pésima política editorial. Hubo una suerte de paternalismo que dañó la imagen en el momento fundacional de esa literatura en el país. Por suerte, tuvimos a un sabio como Luis Rogelio Nogueras con sus novelas, una de ellas (El cuarto circulo) escrita a dos manos con su amigo Guillermo Rodríguez Rivera, un hombre con una amplia cultura y gran conocedor del género. Pero no fueron los únicos que supieron hacer su trabajo. Hubo otros a los cuales les hago un homenaje en la novela que estoy escribiendo en estos momentos. De hecho, cuando voy a iniciar una escritura, releo La sexta isla (de Daniel Chavarría), Y si muero mañana (de Luis Rogelio Nogueras), La guerra tuvo seis nombres y Los pasos sobre la hierba, de Eduardo Heras León, obras todas que a mí me hubiese gustado escribir. No soy tonto. Las habría querido escribir con la misma aparente sencillez con que fueron escritas. Actualmente, el mayor problema que enfrenta el policíaco en Cuba es la no sistematicidad de sus ediciones. Están escribiendo muchos autores que apenas se conocen en nuestro país. Un ejemplo es Lunar Lorenzo. Tiene tres novelas bastante aceptables, que nada tienen que ver con ese pasado de improvisación. Se nota que el autor cuenta con preparación, que sabe lo que quiere, que conoce del género. Y hay otros como Leonardo Padura, quien ha terminado constituyendo todo un fenómeno editorial. Y también quien para mí es el mejor escritor policial de Cuba, que es Daniel Chavarría. Te aseguro que las mejores obras de los últimos veinte años hay que buscarlas en la narrativa de Chavarría, como proyecto donde la sociedad queda bien desnuda, donde no ha hecho compromisos estéticos ni de otra naturaleza con nadie. Para demostrarlo ahí están Joy, Allá ellos, La sexta isla... Y premios desde el Casa de las Américas hasta el Dashiell Hammett. La cuestión de todo es que la novela policíaca no se puede ver como un subproducto, como tampoco lo fue la novela de caballería, y mucho menos la novela que en su momento quiso ser una parodia de las novelas de caballería. Lo digo porque hay quienes dicen: “Este escritor tiene ocho novelas, pero son policíacas”. Entonces habría que preguntarse: ¿cuántas tiene Padura y de ellas cuántas son policíacas, y si esas son menores que Fiebre de caballos, o si son menores que La novela de mi vida? En realidad habría que preguntarse: ¿hasta dónde Mario Conde es un policía cubano o si hay oficiales así? Las novelas de Padura son las que más lectores aseguran en los últimos tiempos, no olvidemos eso. Lo han seguido en primer lugar porque ha sabido reflejar muy bien una generación, la generación de Padura. Eso faltaba en nuestra literatura. Su obra dejó espacio para muchas reflexiones buenas, y también para hacer grandes críticas, porque dejó espacios muy polémicos. Te confieso que yo no he sido de los escritores que más novelas le han rechazado las editoriales, pero sí conozco otros a los que le han dicho No sólo por ser una novela policíaca, novelas que además considero tienen muy buena calidad. Creo, en definitiva, que la literatura cubana policíaca actual lo que necesita es ser publicada sin prejuicio. Hoy sí los errores no van a ser los de los años setenta y ochenta.

¿Cuánto de autobiográfico hay en tu obra?

Bastante. Voy a contarte algo: A mediados del siglo XIX, justo en los días en que estalló la guerra, mi bisabuela Dolores compró una finquita en un lugar llamado San Cayetano, allá en Santiago de Cuba. El objetivo era poner a producir aquella tierra, porque la familia era muy numerosa y había que darle de comer. Todos los años, desde Guantánamo, venía un tío de mi mamá de nombre Juan Riera. Venía para ver a la familia y traía muchas cositas que les gustaban a los niños: chucherías y ropitas que iba repartiendo. La última vez que el tío Juan los visitó, ya durante la partida, lo vieron detenerse en un recodo del camino, allá a lo lejos, voltearse y mover la mano para decir adiós. Esa fue la última vez que la familia vio al tío Juan. Lo esperaron durante años, y se quedó grabada en la mente de todos la imagen de aquel hombre parado en el recodo del camino, diciendo adiós con la mano. Nunca se supo qué fue de él, ni de su familia. A lo mejor ni siquiera llegó a Guantánamo, y su mujer y sus hijos también se quedaron esperando, sin saber. Ni mi bisabuela ni mi abuela vendieron nunca sus tierras para que Juan tuviese siempre un lugar a donde regresar. Escuchar tanto esa historia, lo mismo de parte de mi abuela que de mi mamá, me marcó. A tal punto de que yo también tuve esperanzas de que Juan apareciera algún día; en definitiva mi abuela vivía aún. Hasta que un día me dije: ¡Imposible, el tío Juan murió! Y todavía hoy, cada vez que conozco a alguien de Guantánamo, le doy las señas del tío Juan, para ver si en sus familias había alguien así, de apellido Riera Esa nostalgia me acompañó a la hora de escribir Indagación de abril, mi última novela publicada, historia que gira alrededor de los hechos de la huelga del 9 de Abril. Sólo que Indagación… se desarrolla cuarenta años después, cuando la protagonista, luego del fallecimiento de su madre, decide salir a buscar qué fue de su padre, por qué nunca llegó al punto donde iban a recogerlo. Esta es una novela que trata sobre la identidad, sobre la incertidumbre que rodea a un desaparecido. Y es que cualquier vivencia le sirve al novelista para fabular. Mi mundo fabular tiene que ver con el pasado, con la memoria histórica. Lo autobiográfico está en mis novelas, sí, pero desde la memoria. No he tratado de reflejar aspectos propios de mi persona, pero tuve la suerte de nacer en un lugar donde todavía vivían mambises de las dos guerras; los conocí. Pero, además, en Indagación de abril está presente La Habana, ciudad de la que soy hijo adoptivo. Cuando llegué aquí en el año 59, descubrí que ésta era una ciudad tan heroica como Santiago de Cuba. No olvidemos que de aquí salieron los asaltantes del Moncada, y también aquellos que atacaron el Palacio Presidencial. Aquí se pusieron cien bombas en una noche. Es la ciudad que da el primer mártir de la Revolución: Rubén Batista. Y es la tierra donde muere Antonio Maceo y donde nace José Martí.

Son muchos los premios obtenidos por ti. ¿Te consideras un escritor de concursos?

No, yo no escribo para concursos. Creo que no podría hacerlo. Si te fijas en las fechas que pongo al final de cada obra, te darás cuenta de que las envío a los concursos siete u ocho años después de haberlas terminado. Lo que sí creo es que he tenido suerte en ellos, sobre todo en los internacionales, y he sido finalista en concursos nacionales importantes como UNEAC y Alejo Carpentier. Te confieso que cuando estoy escribiendo siento miedo que mi novela se publique, es demasiada responsabilidad. Es un miedo que me acompaña siempre. Tú mismo has sido testigo de eso: nunca he leído una página mía en ninguna actividad. Ni me imagino haciéndolo tampoco.

¿La vastedad de tu obra no conspira a favor de la redundancia y en contra de una variedad de enfoques?

Cada novela funciona como una unidad independiente. Propietario del Alba es distinta a Estuario de un verano, y Estuario… es distinta a Habanera invernal, y los mundos en que se desarrolla cada una es diverso. No tengo una sola novela con un solo punto de vista. Se mueven por diferentes puntos, volviéndose distintas unas de otras. Y eso que soy de esos escritores que pueden terminar una novela y comenzar otra inmediatamente después sin que eso afecte para nada la calidad final. Sé que George Simenon llegó a escribir más de trescientas novelas, Agatha Christie casi cien. La comedia humana, de Balzac, pasa de ochenta volúmenes. En un escritor como Pío Baroja sí vas a encontrar ese tipo de descuidos, pero él era de ese tipo de escritores que no viran hacia atrás, lo que se escribió así se queda, y siguen para la próxima página. El autor no puede escribir una obra mejor de lo que lo hizo. Balzac no podría escribir La comedia humana mejor de lo que lo hizo, aunque lo intentara. El autor tiene un reducido campo de acción, en cuanto a tema se refiere. Lo que lo hace distinto son sus demonios, el cómo los enfrenta. Creo que una obra, si es honesta, funciona. Pero hay quien escribe tanto que se queda sin mucho que decir, y hay quienes dedican su tiempo a otras cosas y escriben poco. No es la cantidad lo que maltrata, son otras cosas. A veces escribes una sola y ya, es suficiente.

¿Qué opina la crítica de la obra de Pablo Bergues?

No creo que la crítica me haya ayudado mucho, pues nunca ha sido mucha la que he recibido. Pero ahí están los trabajos que hizo al principio ─cuando salió mi primer libro de cuentos Mirando al norte de la noche─ Basilia Papastamatíu cuando hacía crítica. Creo que arremetió bien, criticó bien. No estuve en contra de lo que ella opinó. Sólo siento que luego no hubiese retomado la crítica y vuelto a ver a Pablo desde Propietario del Alba, o desde Habanera invernal, o incluso desde Indagación de abril. Porque yo sí tuve en cuenta la crítica que ella me hizo. Por lo demás, creo que la crítica me ha llevado bien. Agradezco mucho la de Basilia porque me descubrió que había que trabajar con mucha intensidad. Y que había que tomarse con seriedad el oficio de escribir.

A raíz de la publicación de Indagación de abril, fuiste acusado de no haber sido condescendiente. ¿Se caracteriza tu novelística por ser condescendiente?

No soy condescendiente. Parto de un mundo critico. La literatura no tiene por qué complacer a la gente. Vivimos en una sociedad muy dura. La sociedad con la que fabulo es así. Somos una sociedad a la que sorprendió la prostitución como no debió sorprendernos, porque ese no era un tema resuelto. Tenemos dos monedas. Y tenemos una emigración con un alto contenido económico y político. En esas circunstancias, no se puede escribir complaciendo peticiones. El escritor tiene que ser honesto con su realidad. Creo que la sinceridad salva la obra de un escritor. Complacer no es el propósito, sino reflejar. Reflejar la realidad tal como la ve el escritor, que puede estar distorsionada o no, pero ésa es su realidad.

A tu juicio, ¿cuánto ha evolucionado tu obra desde la primera novela hasta la última?

Creo que sí ha evolucionado. No sé cuánto, pero sí ha evolucionado. Mi obra de finales del XX no es la misma que la de comienzos del XXI. Vivimos en una nación que te obliga a evolucionar. Yo siempre estoy buscando que una obra supere a la otra, no sólo desde el punto de vista estético, sino también desde el punto de vista temático.

¿Crees haber recibido todo el reconocimiento que mereces?

No tengo muy claro lo que me deben dar y lo que me deben quitar. Soy un soldado. De lo que sí estoy seguro es que no puedo ni quejarme por si he publicado mucho o poco. He publicado, y estoy agradecido de haberlo hecho en medio de una nación con tantos problemas económicos. Son libros, además, premiados en concursos. Creo que también he recibido reconocimiento social, que en definitiva es muy importante para mí. De todos modos, creo que en la literatura todo es a largo plazo. Llegará el momento en que uno será recordado u olvidado. Preferiría ser olvidado y no ignorado. Creo que si en algún momento del futuro alguien busca mi tiempo, ahí encontrará mi obra, marcando con sinceridad ese tiempo, marcando desde mi apreciación crítica el tiempo que me tocó vivir, el tiempo que nos tocó vivir.

Pablo Bergues Ramírez (Santiago de Cuba, 1945). Licenciado en Historia. Tiene publicados los libros de cuentos Mirando al norte de la noche (1977), Vientos y pájaros (1985) y Un asunto muy personal (2000). También tiene publicadas las novelas Propietario del Alba (1996), Habanera invernal (1999), Estuario de un verano (2000), Más allá de Laura (2001) e Indagación de abril (2009). Mantiene inédita la novela histórica Jerusalem, la ciudad deseada. Algunas de sus obras han sido adaptadas para la Televisión y la Radio. Durante más de treinta años ha sido el guionista del popular espacio televisivo Escriba y lea. Ha obtenido los premios Aniversario del Triunfo de la Revolución en los años 1991, 1993, 1995 y 2007. Posee los galardones Orden de la Cultura Nacional, Sello del Laureado, Gitana Tropical, Hijo Adoptivo de Ciudad de la Habana, Combatiente de la Guerra de Liberación Nacional, Medalla 30 y 40 Aniversario de las FAR y Medalla de la Lucha Contra Bandidos. Sus obras han sido traducidas a diferentes idiomas.

martes, 15 de junio de 2010

«Poder escribir es lo mejor que me ha pasado en la vida»



Entrevista con el escritor Hugo Luis Sánchez

Por MAYKEL REYES LEYVA

Nadie como un periodista conoce el poder de la palabra. Nadie como él ―obligado por su profesión a plasmar en negro los sucesos del acontecer diario― conoce la importancia de inventarse un mundo paralelo donde poner a habitar los sueños. Refugio seguro para la fe y la esperanza.
Algo de vergüenza debe dar, después de todo, por ese tufillo a traición. Sólo eso explica que Hugo Luis Sánchez (La Habana, 1948), al cabo de varios cuentos escritos, todavía guardara aquello como un secreto impronunciable. Así fue hasta 1993, cuando publicó su primer libro titulado El valle de los archipiélagos. Más de diez años después se atrevería con una novela corta de temática amorosa: Doble jueves, seguida un año más tarde por otro libro de cuentos: Según la noche. No fue hasta 2008 que apareció publicada su segunda novela: El puente de coral, calificada por el también escritor y periodista cubano Leonardo Padura como: “(...) proyecto ambicioso, sin duda el más retador al que se haya enfrentado Hugo Luis en su vida de escritor...”
Por suerte ya las cosas han cambiado.
Hoy Hugo Luis Sánchez se reconoce escritor y teniendo en su haber un buen conjunto de premios, habla con desenfado de su obra y confiesa algunos secretos referentes a su proceso creativo.

¿Periodista o narrador? ¿Cuánto del periodista hay en el narrador, y viceversa?
Mi oficio es periodista; mi hobby, escritor. El periodismo me mantiene vivo, me da para llevar los frijoles a casa, y me mantiene al día: miro, escucho, hablo, escribo de la cotidianidad. La literatura me mantiene con vida, es el escape ante tanta realidad. En mi minicuento Nota de prensa se explica mejor, creo, o, mejor aún en La novia oscura, novela de Laura Restrepo. Me parece que, en mi caso, existe una interacción: el periodismo me ha dado las herramientas para investigar y buscar formas de expresar lo que uno desea, en un orden que parte de lo que uno presupone, imagina, sea una escala de intereses del lector y que es más bien el olfato del periodista; la literatura me ha facilitado nuevas y más armas del lenguaje y de la imagen. Prefiero expresarme con imágenes, ese gusto moderno, alentado más por el cine, que viene de los hombres del medioevo como asegura Umberto Eco en su ensayo La nueva Edad Media.

El relato La utopía de Nils Holgersson aparece en El valle de los archipiélagos, y luego repite en Según la noche. Se ha dicho que esto sucede porque este cuento actúa como una metáfora de lo que constituye un leit motiv en ti: la fidelidad a los sueños y a las aspiraciones como motor impulsor de la existencia. ¿Cuánto de cierto hay en esa opinión?
Y ya que estamos en esto del periodismo y la literatura, La utopía de Nils Holgersson es un reportaje. Mi profesora de técnicas periodísticas, Miriam Rodríguez, una maestra adorable de esas que a lo largo de la vida uno la sigue escuchando como si el aula y las clases fueran eternas, pidió como ejercicio escribir un reportaje y lo inventé. Luego la estructura cambió un poco, pero pienso que sigue siendo eso, un reportaje. En este relato y en Leyenda final se repite un mismo leit motiv: el empeño del hombre por lograr lo imposible con la persistencia de Sísifo. Volvería a hacer lo mismo, a cometer los mismos errores, a vivir la misma vida aunque sabe que lo que quiere lograr es del todo imposible. Por lo demás, la literatura, lo que Abilio Estévez llama fe en la literatura, es este soñar lo soñado como ocurre en Las ruinas circulares de Borges.

Marilyn Bobes dice que si El valle de los archipiélagos se hubiese publicado a finales de los 70, no hubiese sido comprendido ni aceptado, pero que sin dudas te hubiese dado el mérito histórico de inaugurar una nueva manera de narrar. Sin embargo, aparecer publicado en 1993, cuando la cuentística cubana era tan diversa, lo convirtió en un libro más dentro del contexto de la producción que se hacía entonces. ¿Consideras que fue saludable para el libro (y para ti como autor) que El valle de los archipiélagos se publicara cuando lo hizo y no cuando fue escrito?
Yo no sabía publicar, por eso fue. No sabía qué hacer, a dónde ir, con quién hablar… me imagino que esto les ocurre a todos los escritores que empiezan, que solo saben que quieren escribir y ser muy conocidos en sus casas a la hora del almuerzo. Lo otro es que el libro demoró unos cuantos años en salir: de que lo entregué a que se imprimió pasó un tiempo largo. Por lo demás, ¿qué hubiera hecho yo con ese mérito histórico? A lo mejor hasta me hubiera hecho daño, como a otros. Para seguir con La utopía… la escribí en 1971, Sus senos, tres años antes, junto con La pecera negra, y Merry Christmas por ahí más o menos. Marilyn lo dice por eso, porque ella leyó esos cuentos en el 78 ó 79, y me sugirió que escribiera otro más (Doble jueves, que después llevé a novela) para completar un libro. Le hice caso y salió El valle de los Archipiélagos. Desde entonces Marilyn y yo somos amigos, en las buenas y en las malas, es decir, amigos.

Doble jueves fue considerada en su momento una novela “rara” porque, según dijiste tú mismo, “no hay marginales, ni rock, ni la gente se droga, tampoco jineteras; nadie toca salsa ni se hace santo y, para colmo, es solo una historia de amor entre heterosexuales.” ¿Todavía sigues pensando que es “rara”?
Para ser justo, esa enumeración de que en la novela no hay ni esto ni lo otro no es mía, me la dijo un agente literario alemán. Esos eran los motivos por los cuales no le interesó Doble jueves. Ni interesó entonces ni interesa ahora por eso, por esa forma de ser rara. Yo solo le añadí a esa lista alemana lo de heterosexuales. Escribo de lo que me gusta y esos temas del realismo sucio de mercado los rechazo. Y no es que esté evadiendo mí realidad. Pueden remitirse a Dulce hogar, que retrasó cinco años la publicación del libro donde aparece, Según la noche, y fueron cinco y no más o para siempre gracias a Antón Arrufat. Se lo debo a él como muchas cosas más y que conste que soy solo uno más en la larga lista de los deudores de Antón. Todo fue por una palabra, un nombre propio, al final de Dulce hogar y Antón de eso también sabe muchísimo: por una oración él estuvo confinado 14 años en una biblioteca pública. Mirándolo así, no salí tan mal.

Tu novela El puente de coral es evidentemente un esfuerzo por llevar a cabo una empresa de mucho más peso si la comparamos con la primera, Doble jueves. ¿Cuál de los dos textos fue más gratificante? ¿Qué diferencias cardinales o semejanzas evidentes hay entre una y otra?
Las dos fueron un placer inmenso. Doble jueves, por ser mi primera novela, requirió de un entrenamiento que para El puente de coral ya tenía. Las diferencias entre las dos parten, además de las temáticas, del tiempo transcurrido entre ambas, tiempo de la historia de Cuba. Doble jueves es una novela de amor, así de cursi, una novela de amor, y yo trabajaba en Prensa Latina; y El puente de coral es, además, de aventuras, espionaje… Entre una y la otra estuvo y está el Período Especial para Tiempos de Paz. Buena parte de El puente… la escribí siendo taxista, con una libretica en el bolsillo que iba llenando de notas mientras esperaba por los caprichos de los clientes. Cuando llegaba a la casa, no importaba la hora que fuera, me sumergía en el display, en un mundo que estaba haciendo a mi agrado, muy diferente del que estaba viviendo afuera. Aprendimos a sobrevivir, “nosotros, los sobrevivientes”.

La crítica literaria premió El puente de coral y dijo de ella que era inclasificable al no existir en la Isla referente alguno. También destacó la maestría con que se hilvanó la historia, que por momentos parecía de aventura y otros de espionaje. ¿Buscabas ese efecto o fue algo que surgió al azar, a medida que la ibas escribiendo?
Doble jueves, rara; El puente de coral, inclasificable. ¡Está bien! El tema de la presencia de submarinos alemanes en las costas cubanas, incluso solo la temática propiamente de los submarinos alemanes, me atraía y por eso la empecé a escribir. Yo quería divertirme y de ahí que fuera hilvanando esas historias que me cautivaban. Es decir, todo creció en torno a los submarinos aunque ocupen poco espacio en la trama. Lo otro es que durante muchos años, todos los domingos que fueron posibles, escuchaba los cuentos que me hacía un amigo, José Figueroa. Eran los cuentos de su vida. Y esos sí, por azar, se fueron tejiendo ellos mismos en la novela. Él es el personaje de Roco.

Diez años para escribir la novela El puente de coral. Dos años para finalizar el cuento Leyenda final. ¿Cuándo sabes que un texto está terminado y listo para publicar?
Alguien, no recuerdo quien, dijo que las obras no se terminan, se abandonan. Una noche, leyendo poemas de Eliseo Diego y sin siquiera tener conocimiento de ello, descubro una palabra que era mejor a otra empleada por mí en Leyenda final que ya había terminado hacía rato. Dejé el libro y me fui a cambiarla. A mí me cuesta mucho trabajo desconectarme de algo que escribí, incluso más allá del FIN. Todo consiste en seguir disfrutando.

¿Te resulta más cómodo el cuento, o prefieres la novela?
Ninguno de los dos me resulta cómodo. Tengo una idea dándome vueltas y en eso me puedo pasar meses y mucho más hasta que doy con el tono y por ahí me voy, ya en torrente. El trabajo propiamente de escribir una idea es corto, lo que más esfuerzo me lleva es investigar, pulir el párrafo hasta quedar satisfecho, pero es que ese tipo de satisfacción es algo que no me pertenece.

Se nota en tu estilo cierta predilección por los detalles. ¿Algún libro o autor influyó en esa característica?
Mi escritor cubano predilecto es Enrique Serpa y le hago un homenaje en El puente de coral, al igual que a María Elena Llana. De los no cubanos con quien más me identifico es con Scott Fitzgerald y Julio Verne y puede que por este último venga lo de los detalles y también del estudio que hice de la obra de Lovecraft. Hay un parecido entre ambos sobre todo en cuanto a la geografía. Por otra parte, yo no era el que se saltaba las descripciones en los relatos, yo me detenía en ellas.

En alguna ocasión has dicho que eres tu escritor favorito. ¿Por qué? ¿Ser tu escritor favorito no limita tu capacidad autocrítica?
Esto debe ser una verdad de Perogrullo pero es que a mí me gusta mucho como yo escribo, me prefiero, me gusta leerme y soy despiadado e inconforme conmigo mismo. Eso no quiere decir que me considere mejor escritor que otros, todo lo contrario pero, eso, nada más que eso, soy mi escritor favorito. No creas, ser el favorito de uno mismo es muy complicado. Me leo yo mismo hasta que se publica el libro, luego no lo vuelvo a tocar más. Cuento con un equipo de lectores que destrozan lo que hago y para los que yo no soy, pienso, su escritor favorito. Ahora siento que poder escribir, que difiere de saber escribir, es algo de lo mejor que me ha pasado en la vida.

¿Qué importancia le confieres a los galardones? ¿Crees que siempre los mismos son directamente proporcionales a la calidad de los textos premiados?
Un día de pregunté a Eduardo Galeano en Managua por la injusticia cometida con Las venas abiertas de América Latina que se quedó solo en mención y no llegó a premio Casa de las Américas. Me respondió que él también había sido jurado y había sido injusto. Ese ha sido mi temor cada vez que soy jurado: cometer una injusticia. Hasta hoy creo que no he pecado. Incluso tengo el aliciente de haber discrepado de otros jurados con respecto a un libro que solo obtuvo mi voto, pero luego ganó otro premio más importantes. De todo hay en las viñas del Señor. El premio es importante para darse a conocer, ahí me parece que está su mayor valor.

¿Qué opinas del panorama literario cubano actual?
Me voy a referir solo a la narrativa. Hay mucha sed por publicar. A veces no dejan que las ideas maduren más, las trabajan a prisa, de manera atropellada, el texto y toda la estructura y se echan a perder buenas historias. La que sufre más es la novela. Sospecho también que no existe mucha paciencia por la investigación, salvo casos honrosos como el de Leonardo Padura, un ejemplo entre los mejores ejemplos. También hay un gusto desmedido por lo escatológico, por verlo todo mal: el medio, las relaciones entre las personas… Puede que tengan razón. Tener la razón es algo que tampoco me pertenece.

¿Qué estás escribiendo ahora?
Nada, me quedé sin trabajo y tengo que ganarme la vida día a día. El timón me está esperando y, ya que estamos en esto, sí, tengo en mente algo: una historia de taxista, un taxi driver. Este chofer escuchaba todo el tiempo los boleros que salían de la reproductora de su auto y determinaba el precio de la carrera según el número de canciones que cupiera de donde lo contrataron hasta donde se bajo el cliente. ¿Qué te parece? Por si se lo topan por ahí, deben tener en cuenta que un bolero suele durar alrededor de tres minutos: no se deje estafar.

Hugo Luis Sánchez (La Habana, 1948). Periodista y narrador. Entre sus publicaciones se encuentran El valle de los archipiélagos (Letras Cubanas, 1993); Doble jueves (Ediciones Unión, 2005); Según la noche (Letras Cubanas, 2006) y El puente de coral (Ediciones Unión, 2008). Obtuvo Premio en el Concurso Internacional de Cuentos Juan Rulfo 1998, Premio en el Concurso Internacional de Minicuentos El Dinosaurio 2006, Mención en el Concurso Hispanoamericano de Cuentos Julio Cortázar y Premio de la Crítica Literaria 2008.

martes, 16 de junio de 2009

Tocando fondo junto a Carlos Crespo

Por: Maykel Reyes Leyva


Alabado sea
el rostro anónimo, desolado,
porque su dolor nos conmueve.

Alabanzas
Carlos Crespo.

Carlos Crespo miente: él no escribe por necesidad, como suele asegurar, sino porque es un Poeta. Un Poeta que con cada libro se aleja más y más del presente para asentarse profundamente en el pasado. Un Poeta que se reconoce nostálgico, dado a recordar cosas y tiempos en que su vida no tenía mancha alguna. 

Nació hace ya 62 años, en 1947. Aunque vino al mundo en Maternidad Obrera, fue inscripto por sus padres en Remedios, Las Villas, porque de allá era su familia. Regresó a la Capital cinco años después. No tardó en descubrir la vena poética que albergaba dentro, pero confiesa que no escribió los primeros versos hasta los 17 ó 18 años de edad.

Cuando me aparecí en su casa, pasada la hora que habíamos acordado previamente, me esperaba. Hube de aguardar casi dos horas para comenzar la entrevista. Eran constantes las interrupciones de los vecinos para llamar por teléfono, o de los trabajadores de Salud Pública para fumigar, o de los compañeros de la fonda de al lado para recordarle que debía buscar los pozuelos antes de que fuera a quedarse sin almuerzo. Por fin, con la lluvia de mayo cayendo y el ruido estremecedor del tráfico que subía y bajaba por la Calzada de San Miguel del Padrón, comenzamos a grabar.

La poesía de Carlos Crespo suele ser como un trago amargo, debido sin dudas a la paupérrima existencia que le ha tocado vivir. Leer uno de sus poemas es como masticar un puñado de arena. Terminar de leer un libro suyo, especialmente el último, nos deja la extraña sensación de estar a la intemperie, azotado por algo que va más allá de la comprensión humana. 

“Los sucesos que distinguen mi poesía son los fantasmas que uno tiene. Me interesan los temas universales que tratan todos los poetas. Pero yo trato de sacar los fantasmas míos: la familia, la infancia, las vivencias de la enfermedad de mi padre, la muerte de mi madre...”


La muerte de sus padres es un lev motiv en su obra. Fue con estas pérdidas que su vida cambió para siempre. Han sido actos dolorosos que dejaron en él una huella que parece nunca sanará. Es como si escribir sobre ellos le ayudara a soportar la soledad o como si hubiera encontrado un método para mantenerlos vivos.

“Las muertes de mi padre y de mi madre marcaron mi vida. Tanto que mi último libro (aún inédito) es un homenaje que les hago y a todos mis seres queridos que murieron. Los poemas dedicados a mi madre los escribí casi tres años después de la muerte de ella. No pude escribirlos antes. Tuve que dejar que el dolor, la experiencia, se asentara. Después, con el tiempo, ese dolor sale, a una hora en que tú no esperas.”



Cuánto hubiera querido

Alineada en una pared,
entre nichos colectivos,
reposas.

Envueltos en una toalla blanca
están tus huesos,
tu polvo.

Cuánto hubiera querido
un fino lienzo para ti.

Papá cinceló
tu epitafio de cristiana.

Nunca se llegó a poner.
Se quedó en el patio
entre las plantas que sembraste.

Los gorriones,
agradecidos por el arroz
que les echabas,
se posan sobre él.

Pero no siempre los poemas de Carlos Crespo giraron sobre el mismo tema. Si viajamos hacia sus primeros versos, encontramos un autor muy diferente al de ahora, lleno de deseos y sueños. Aunque ya entonces podían vislumbrarse temas que todavía hoy siguen vivos en su poesía. 

“Cuando escribí mi primer libro, a los 40 años, mi status de vida era muy tranquilo. Mis padres vivían y era una época en que pensaba que iba a ser un poeta importante. El tema de mi poesía siempre ha sido el tiempo, eso sí. El hombre en el tiempo en distintas épocas. Y el tema de la familia, el tema de la infancia, los personajes marginados como el leproso, el ciego, el tullido, la prostituta, el mendigo...”

Oración de un leproso

Señor, recibe como una oscura ofrenda,
las porciones de carne
que se desligan de mí.

Cuando los otros
elevan sus manos
y claman por tu perdón;

yo elevo mis muñones,
convencido de que Tú,
también me escuchas
y has perdonado, Señor,
la culpa que ignoro.

Carlos Crespo es miembro de la UNEAC desde 1991. Tiene publicados los libros de poesía El tiempo, Guiomar (Ediciones Unión, 1988), Charlot, padre mío (Ediciones Pinos Nuevos, 1996) y Tocar fondo (Ediciones Unión, 2006). Cuenta que cuando escribió su primer libro, el escritor Félix Pita Rodríguez le aseguró que los lectores no lo iban a entender cuando lo leyeran. Sin embargo, la profecía del Maestro parece haberse extendido también a sus dos libros restantes, a pesar de la buena calidad que poseen. Entre cigarros (Carlos fuma sin parar), continúa la charla. Me intereso por los poetas que han influido en su propia forma de hacer:

“En primer lugar Vallejo, Giuseppe Ungaretti, Salvatore Quasimodo, la poesía japonesa clásica... De los poetas cubanos, Eliseo Diego y el viejo Félix Pita Rodríguez, excelente persona y un ser humano increíble. Eliseo tuvo la gentileza de recibirme en su casa. Yo llegué un día, toqué y él estaba ahí. Me dijo: “Pasa”, como si me conociera de toda la vida. Leyó mis poemas, me dio su opinión. Incluso me dedicó una antología suya que adoro. Eliseo era un ser maravilloso. Además, abierto a los jóvenes, eso es muy importante. Con Félix Pita fue igual, con la diferencia de que a él lo llamé por teléfono y me dijo: “Venga para acá”. Tuve, desgraciadamente, el honor de hacer guardia cuando él murió. Todavía conservo un libro suyo que me dedicó.”


Sé que en varias ocasiones Carlos Crespo ha sido jurado en certámenes literarios. Lo he visto recomendar a los jóvenes que se inician en el camino de la poesía, la lectura y el estudio de poetas tanto nacionales como extranjeros que son, a su entender, fundamentales. 

“En primer lugar tienen que leer a los clásicos, la poesía nuestra del siglo XIX y del siglo XX, y después, a partir de ahí, leer todo lo que significa la herencia cultural de los pueblos. Te puedo citar a Eliseo, a Dulce María Loynaz, y ya son dos poesías totalmente distintas. A Lezama, que es el poeta barroco por excelencia. Pero también a los grandes poetas de América Latina, Vallejo en el número uno, Pablo Neruda, a la Mistral. El poeta joven tiene que ser honesto consigo mismo, no seguir modas. La generación de ahora escribe según las características de su forma de vivir, lo cual es lógico. Además, tenemos que tener en cuenta que las experiencias personales nunca son iguales. Es muy difícil que un poeta menor de 20 años pueda hablar del dolor desgarrador. Tiene que ser una excepción.”

Carlos Crespo integra la misma generación de Luis Rogelio Nogueras, Renael González, Virgilio López Lemus, Roberto Manzano, Alberto Serret, Luis Beiro, Ricardo Riverón... Sin embargo, las diferencias saltan a la vista. Una de ellas es su estilo, que lo lleva a escribir con un increíble poder de síntesis, logrando resumir en cinco o siete versos su profundo conocimiento de la poesía. Pero la diferencia que más llama la atención es que sus coetáneos consiguieron publicar mucho antes que él. Es decir, que le ha tocado compartir espacio con poetas mucho más jóvenes, con una visión muy diferente a la suya. 

“Conozco a Virgilio, a Manzano, a Nogueras... A los otros no los conozco. Pero hay una cosa: si todos los poetas fueran a escribir igual y a decir lo mismo, no hubiera diferencia en la poesía. Tal es así que si pones a tres poetas frente a un árbol, cada uno va a sentir el árbol de manera diferente. El poeta barroco va a hacer un derroche de metáforas. El poeta coloquial lo hace de una forma coloquial. El poeta puro lo va a escribir de una forma distinta. Es decir, es la visión de cada poeta. Yo tengo la desgracia de que no soy ni barroco ni coloquial. Mi poesía es muy breve, muy seca, sin metáforas. Soy muy plástico: lo que yo no veo y sienta y huela, no puedo trasmitirlo. Quizás por eso no he tenido mucho éxito ni de crítica ni de público. Yo publico casi veinte años después que los de mi generación. Me hubiera gustado publicar mi primer libro a los 25. Lo ideal sería publicar un plaquette cada cinco años con veinte o veinticinco poemas. Cinco poemas por año, porque vale la pena, te da tiempo a revisar, a escoger los mejores. No quiere decir que sea un método a seguir. Neruda era capaz de escribir un libro de poemas por año. Pero Neruda era un genio que a los 22 años escribió Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Si yo hubiese tenido a los 20 años la experiencia que tengo ahora, dedicaría 10 al aprendizaje del oficio, a ver lo que dicen los grandes maestros sobre él, a leer mucho y a interiorizar los temas que a mí me preocupan. Claro, los temas que tú tienes a los 20 años no son los mismos que a los 30, ni a los 40, ni a los 60, pero bien... Si fuera así, yo publicaría mi primer libro a los 30 años. Y es que soy muy exigente, tanto que publiqué mi primer libro a los 40.”


A estas alturas ya me he fijado que sus publicaciones corresponden a un libro cada diez años. Cuando comento este asunto vuelve a mencionar la exigencia que todo autor debe tener para con su obra. Entonces me asalta la duda e indago tratando de averiguar si cada uno de estos libros contiene lo mejor de la poética de Carlos Crespo. 

“No. ¿Sabes por qué? Porque los años se deben, desgraciadamente, a las editoriales, que se demoran por los problemas que todo el mundo sabe que existen. Hoy por hoy, si me dieran la posibilidad de publicar lo mejor de mi poesía, te aseguro que no serían más de cien poemas.” 

El periodista Waldo González López lo define como “un poeta de esencias y no presencias”, y es que las ausencias y la soledad marcan la poética de este autor, hasta convertirla en una obra terriblemente desgarradora. 

“Si yo escribiera algo distinto a la manera en que escribo, me estaría engañando a mí mismo. Los poetas no nos podemos engañar. Porque si tú eres un hombre alegre y estás en una posición buena, evidentemente no puedes escribir una poesía desgarradora. Y si trataras de escribir una poesía desgarradora sin tener elementos, no te sería fácil. Los últimos diez años de mi vida han sido terribles. En diez años perdí a mi madre, a mi padre. Estuve ocho años, casi nueve, metido dentro de mi casa, cuidando a mi padre. Lo vi desgastarse y convertirse en un vegetal. La miseria es un tema que también está muy presente en mis poemas. La miseria espiritual es, desgraciadamente, lo que más abunda en estos tiempos. La miseria material, por suerte, no todo el mundo la tiene. Hay quien sí la tiene. Por eso te digo que uno no debe escribir sobre algo que no conoce. El poeta debe reflejar la vida que vive, porque si no su poesía sería falsa.”

Confesiones de un desconocido

Me han regalado lo que tengo:
la taza en que tomo café,
las camisas,
los zapatos...

Conozco
el hambre,
la noche,
lo absurdo.

Ejerzo distintos oficios:
equilibrista,
vendedor,
mendigo.

Soy el que llega tarde,
el perdedor irremisible,
el expulsado.

No hay asidero
para mis ojos,
para mis manos.

Algunas noches sueño
con la vieja casa de la infancia.

Veo a mi madre joven
preparando la mesa. Sonríe.
Mi padre debe estar en el balcón,
tallando un pedazo de madera.
Los perros duermen.

Una luz buena nos ilumina.
(Soy feliz y no lo puedo creer.)
Sí, todos estamos vivos.

Pero regresamos a la vigilia.

Mido el aire que respiro por centavos.
Como perro apaleado: voy, vengo.
(¿Quién conoce mi sed?)

Como una sábana, estiro la vida;
pero siempre se me quedan afuera
el alma,
los pies.

A lo lejos se escucha un insistente ladrido. Carlos interrumpe la charla, se levanta y va hacia el patio. Lo oigo hablar con sus animales, haciendo todo lo posible por calmarlos. Como todo hombre solitario, prefiere la compañía de perros y gatos. Cuando regresa, quiero saber de su relación con ellos. 

“Ya no tengo gatos. Me los mataron. Ahora sólo tengo perros. Pero sí, me gustan los perros, me gustan los gatos. Hay muchos poemas míos que hablan de los perros. Creo que desgraciadamente los perros son mejores que muchos seres humanos. Tristemente es así.”


Gorriones

Buscarán
(inútilmente),
los granos de arroz
esparcidos en el patio,
el agua fresca de las vasijas.

No sabrán que estoy
bajo la tierra,
deshaciéndome
a pedazos.

Carlos Crespo se confiesa vencido. Cuando le menciono la fama, esboza una sonrisa.

“Ya estoy demasiado viejo para soñar con la fama. Sé que todos los poetas jóvenes sueñan con la fama, pero ya yo estoy demasiado viejo para soñar con ella. Me conformaría con que cuando me muera me recuerden por un solo poema, si es que me recuerdan. A estas alturas de mi vida no espero que la suerte me sonría. No espero que me sonría nada. Ya estoy más cerca de la muerte que de la vida. Y no me asusta la muerte, créeme. No me asusta. Mi padre decía que la muerte era una liberación, y lo es. Te libera de todas las penas, de todas las amarguras, de todas las miserias espirituales y materiales.”

Salmo II

Si una parte de Ti,
está en mi carne,
¿por qué
esta oscuridad,
esta pobreza?

Sobre sus muslos descansa el borrador de su último libro: El viento y las sombras. Me explica que es un libro dividido en tres secciones. La primera: La soledad, la lluvia, los caminos..., que es un verso de Vallejo. La segunda: Y caminar por las tardes con una inmensa begonia pegada a la solapa, que es una cita de un poema de Diago de Melo. La tercera: Ven y mira, una cita sacada de La Biblia. Le digo que un hombre nunca toca fondo mientras tenga sueños y que su libro, al fin de cuentas, es su sueño. 

“Puede que sí, que tengas razón. Entre mis proyectos futuros está ver si puedo publicar El viento y las sombras. Tener vida para verlo. Ojalá la tenga y si no la tengo… espero que tú lo leas y le hagas una nota.”

viernes, 13 de marzo de 2009

Los duros ganan como Terry Valdespino

Por MAYKEL REYES LEYVA

Siempre que escucho hablar de Caimito me viene a la mente su nombre. Miguel Terry Valdespino es uno de esos autores que cuando no escriben, están pensando en escribir. Posee el don de la palabra (no sólo la escrita, sino también la oral), lo que lo convierte en un ser excepcional, con el que vale la pena sentarse a conversar. Conoce el sabor de las publicaciones y los lauros, y lleva ambas cosas sobre sus hombros sin arrogancia. Supe de su existencia justo en el momento en que se encontraba preparando una antología de cuentos con temática beisbolera, publicada años después bajo el titulo Escribas en el estadio. Como no soy fan al béisbol, no tuve oportunidad de conocerlo. Pero quiso el Destino que nuestros caminos terminaran por cruzarse. Hoy reconozco en su persona el talento de un buen periodista, narrador y dramaturgo.


Nació en La Habana, en 1963. Es miembro de la UNEAC. Ha publicado las obras de teatro Ángeles y cenizas (Editorial La Puerta de Papel, 1992), Laberinto de lobos (Premio Pinos Nuevos, Letras Cubanas, 1994), Los duros pierden como Humphrey Bogart (Tercer premio del Concurso Internacional Casa de Teatro, Editorial Casa de Teatro, República Dominicana, 2003) y La piedra en la boca (Premio Nacional de teatro Jesús Gregorio, Editorial Unicornio, 2005). También tiene publicada la novela Ajuar de guerra (Editorial Unicornio, 2000). En ese mismo año obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Cultural. Su novela Caballo de batalla ganó el Premio Razón de Ser de la Fundación Alejo Carpentier. Carne de cambio resultó finalista del Primer Concurso Internacional de Novela Plaza Mayor, en Puerto Rico, 2003. Cuentos y poemas suyos aparecen en antologías y revistas de México, Brasil y España. Actualmente, es el editor jefe de la página cultural del periódico el habanero.

Un día me llamó por teléfono y aproveché la ocasión para proponerle la idea de hacerle una entrevista. Dijo que sí sin miramientos. Esa misma noche me senté a hilvanar unas cuantas preguntas que más tarde le envié por e-mail. Pensé que lo conocía lo suficiente pero sus respuestas, que llegaron cuando ya comenzaba a perder las esperanzas, me sorprendieron.

Aclárame una duda. ¿Qué eres: periodista, narrador o dramaturgo?

Intento ser las tres cosas, sin mucha seguridad de que sea ninguna de las tres. No me doy por satisfecho ni en el periodismo, ni en la narración literaria ni en la dramaturgia. Aunque si fuera a ser un poco más piadoso conmigo, te diría que en la dramaturgia he logrado las mejores cosas de mi vida, sobre todo a través de dos piezas: La piedra en la boca, donde alcancé lo que realmente quería en torno al mito de Fausto y el diablo y respecto a la (des) honestidad del intelectual en un mundo convulso plagado de represiones y silencios infames, y Páginas finales de la náusea, un homenaje a los más grandes narradores latinoamericanos, entre ellos Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier y Gabriel García Márquez. Páginas… se desarrolla en una ciudad imaginaria, Santa Ovejilla de los Lamentos, donde un connotado ladrón acaba de robarse los restos del general de las guerras de independencia Francisco Rodríguez O‛Brien y de pronto la ciudad se ve cercada con unos muros enormes para que no escape el ladrón con la preciada carga. Las dos me dejaron muy satisfecho, al punto que no sé si pueda superarlas. Dice un amigo muy inteligente que estas dos obras son en verdad extraordinarias. Pero también me sugiere que no siga perdiendo el tiempo escribiendo teatro, que me dedique a la narrativa porque tiene más presente y más futuro. Es una opinión interesante. Pero resulta que si debo elegir entre ser periodista, narrador o dramaturgo, me quedaría con el tercer oficio porque es el que puedo hacer de una manera más digna.

¿Es posible cultivar tantos géneros con igual éxito?

Es posible, pero es difícil. En ese sentido Bertolt Brecht fue un ejemplo casi insuperable. Conozco otros autores como el norteamericano Paul Auster que se mueven en más de un oficio. Si no me equivoco, Mario Vargas Llosa fue codirector de alguna película. Sartre se movió felizmente en varios géneros y García Márquez ha sido tan buen periodista como narrador, aunque su incursión como guionista de cine ha sido en realidad fatal.
A mí me ha tocado en suerte poder abordar varios géneros y (sin que esto sea petulancia) he sido premiado en todos, a veces dentro y a veces fuera de Cuba, como sucedió con mi novela Carne de cambio, en el Primer Concurso Internacional Plaza Mayor en Puerto Rico, y con la pieza Los duros pierden como Humphrey Bogart, en el concurso Casa de Teatro en República Dominicana.
Si fuera a sumar todos los premios que he obtenido en estos años en uno y otro género, la lista sería considerable… y también sería fatigosa para los lectores. No creo que haya ganado los grandes premios que todos los cubanos anhelan (el Casa, el Carpentier, el Julio Cortázar). Pero he ganado otros… y son bastantes.
Yo creo que un autor debe ser arriesgado y probar en más de un género o en más de una manifestación artística. Si la experiencia no sale bien, pues borrón y cuenta nueva entonces. No es un pecado demasiado grande buscar nuevos caminos en el arte y retornar por ellos si el “experimentador” descubre que están llenos de abrojos y es imposible transitar por él.

¿Cuál te resulta más difícil?

Sin pensarlo dos veces: la narrativa. Llegué al cuento y la novela casi por necesidad. El periodismo es un oficio, un modo de ganarse la vida (aunque bien estrecho), y es una forma de “calentar el brazo” para la gran batalla que es la literatura. El periodismo me ha dado alegrías, pero no reconocimiento verdadero. El teatro me permite decir una parte de mis inquietudes, pero es un espacio que muchas veces se me queda pequeño y entonces tengo que recurrir a otro tipo de espacio donde reinan el cuento y la novela. Yo tengo una opinión que quizás algunos no compartan: “La novela es el género total”, es la carrera de maratón donde largas hasta el último zumo del cuerpo. No creo que sea más importante la novelística que el teatro o el periodismo, pero sí es más sofocante… claro, te estoy hablando de una novela que se respete, no de esos bodrios que se escriben ahora para ganar jugosos premios internacionales.

Nacer y vivir en un municipio de provincia, ¿te ha abierto puertas o por el contrario, ha dificultado tu actividad creadora?

Un amigo ensayista me aseguro hace varios años: “Con la mitad del currículum que tú tienes, si vivieras en el Vedado serías un personaje”. Otro escritor suele decir: “Los escritores nacen en cualquier lugar de Cuba… pero deben vivir y morir en el Vedado”. Yo nací en el Vedado (soy capitalino de cuna) y acabé siendo inscripto por mi padre en el municipio cienfueguero de Cruces, de donde él y mi madre son naturales, un pueblo que a estas alturas no cuenta siquiera con agua potable en las tuberías. Viví largos años en un pueblito habanero llamado Ceiba del Agua y, desde el año 2000, resido en Caimito, un municipio más cercano a la capital de lo que algunos imaginan. Lástima que el transporte público sea un desastre. Vivo en una esquina, en una casa que construí junto a mi esposa, y te aseguro que, si en esta esquina no sé escribir una literatura medianamente buena, en el Vedado tampoco voy a escribir una literatura medianamente decente. Tal vez la escriba peor.
A veces tengo la impresión de que vivir en Caimito pesa a la hora de dar a conocer tu obra, a la hora de que te inviten a eventos y ferias internacionales... o simplemente a otras provincias de la nación.
Después creo que no es la distancia lo que decide en estos casos, sino el hecho de pertenecer a esta o aquella banda (banda, reitero) de personajes que deciden quién vive y quién muere, quién viaja y quién no viaja, quién gana este premio y quién no… A veces me duelen estas cosas, a veces me duele que no tengan en cuenta a los escritores de La Habana, donde existen varios autores talentosos que nunca integran delegaciones a ninguna feria o evento, mientras otros menos talentosos y con menos currículum, sí las integran. Y las siguen integrando. Pero mi angustia pasa. El verdadero escritor se sobrepone siempre a estas pequeñas e inevitables miserias humanas.
Por otro lado, autores tan prestigiosos como el ya fallecido Robert Graves, Mempo Giardinelli y José Saramago vivieron fuera de las grandes ciudades y sin embargo, son escritores para respetar. El talento (al menos el talento literario) suele y gusta crecer en cualquier parte. Ojalá que Caimito nunca sea la excepción.

Como editor jefe de una página cultural de un periódico, ¿cómo valoras la producción literaria nacional?

Podríamos hablar mejor de “una parte de la producción nacional”, pues estoy muy al tanto de lo que se escribe en la provincia de La Habana, pero no tanto de lo que se escribe en el resto. En cuanto a esta provincia, creo que existen voces notables dentro del concierto poético, voces como las de Raúl Hernández Pérez, Misael Aguilar y Armando Landa, sin olvidar a un gran poeta olvidado: Carlos Jesús Cabrera, y a varios decimistas de calibre. También contamos con galardonados autores dentro del mundo de la literatura infantil, especialmente Omar Felipe Mauri y Eric Adrián Pérez. Sin embargo, nos faltan narradores de calibre, a pesar de tener entre nosotros a Francisco García, José Antonio Martínez Coronel y Polina Martínez. No sé si la calidad de la literatura se mide en cantidad de autores, o si basta con tener unos pocos que sean realmente buenos. Si la cantidad se toma muy en cuenta, entonces carecemos de voces narrativas, sobre todo de voces que no superen los cuarenta años.
En cuanto a la actual producción nacional, estoy por creer que somos una isla de excelentes cuentistas, pero no de excelentes novelistas. La novela cubana, al menos a mí, casi siempre me deja especialmente insatisfecho.

¿Consideras los premios galardones coyunturales, o crees en verdad que son un reconocimiento al talento?

Un premio puede ser lo uno o lo otro: un hecho coyuntural o un reconocimiento verdadero. Y de esta disyuntiva no se salvan ni los que han ganado el Premio Nobel de literatura. En esta isla donde vivimos, y también en países como España, se ha convertido en una patente (a veces de corso y piratería) el hecho de ganar un concurso, sobre todo los grandes concursos que convocan las grandes editoriales (Planeta, Alfaguara, Seix Barral…), que abren un camino muy ancho en cuanto a las ventas y las ganancias. Los premios cubanos son más modestos (y más grises en ocasiones), pero también abren caminos. Caminitos, diría yo. Un premio casi nunca avala la verdadera calidad de una obra ni la de un escritor (recordemos que Cervantes ni Kafka nunca ganaron ni un premio de barrio), pero en la época contemporánea, en los días de hoy, se ha vuelto un acontecimiento imprescindible para que un autor vea, al fin, su obra publicada y reciba un poco de dinero para seguir respirando y creando.
Pero también existe una verdad inconmovible: el tiempo, y no los premios, es quien dice la última palabra.

Con el paso del tiempo muchos autores se van creando una suerte de metodología para escribir, se llenan de manías a veces. Hay quienes llaman a esas manías “recetas”. ¿Tienes alguna metodología a la hora de enfrentarte a una página en blanco?

No tengo ninguna metodología para escribir. Y, con el paso de los años, esta posible metodología se ha vuelto más caótica. En viejos tiempos lograba pasarme un día entero pensando en la obra que estaba escribiendo, conversaba con mis personajes, hablaba como ellos… Recuerdo que un día llegué a escribir hasta las cinco de la mañana. No tenía una máquina de escribir siquiera, los apagones llovían; pero yo escribía hasta en la autopista, debajo de los puentes, mientras esperaba por un milagroso chofer que parara. Pero ya ese tiempo murió. Ahora me siento a escribir literatura cuando puedo (y no puedo casi nunca) y eso puede ser terrible a la hora de crear algo realmente sustancioso. Un cuento tal vez pueda escribirse de ese modo, pero una novela jamás.

No sé si estarás de acuerdo conmigo, pero creo que Cuba es un país privilegiado en cuanto a talento para escribir narrativa. En los últimos tiempos, gracias a un aumento en las posibilidades de publicación, ese talento se ha ido haciendo más evidente. Donde quiera, en cualquier rincón del país, encuentras jóvenes esforzándose por labrarse un camino en la literatura. ¿Qué consejos pudieras darle a esos que empiezan a escribir?

No soy muy destacado a la hora de dar consejos. Pero aquí les daría uno: por cada página que escriban, que lean cien, es necesario que sean preciosistas e implacables con cada criatura, cada atmósfera, cada lugar, cada historia… que salga de su imaginación. Sólo quien tenga muy afilado el detector de mierda del que hablaba Hemingway será escritor de verdad. Sólo llegará muy lejos en este oficio quien no se tenga lástima ni se sienta ombligo del mundo porque ganó este o aquel concurso, o porque alguien con cierto nombre le puso una mano en el hombro y le soltó, con cara entusiasmada, algún que otro elogio, no siempre sentido ni real.

Para ti, ¿qué es la posteridad?

Una vez le dijeron a Andrés Segovia, el gran músico español: “maestro, debe ser impresionante tener asegurada la posteridad”, a lo cual respondió Segovia: “bueno, sí, mientras no te derrumben el monumento”. Yo creo que a todos los artistas nos interesa la posteridad, nos interesa que, si nos levantaron un monumento en vida, ese monumento no se venga abajo con el olvido y la desmemoria una vez que hayamos muerto. Sería una prueba de que lo hecho en vida tuvo valor, dignidad, sentido de futuro. Sería una manera (no sé si ingenua o engañosa) de sentir que aún permanecemos vivos de algún modo, que aún continuamos rondando por un mundo del que jamás quisimos marcharnos.
Borges aseguró una vez: “la meta del escritor es el olvido. Yo he llegado antes”. Debe haber sido otras de sus bromas geniales.

¿Y la fama?

La fama está asociada al éxito más rotundo, la prosperidad más reluciente, a las mujeres más deslumbrantes que caen como moscas ante la presencia del afamado… Son deliciosos el éxito, la prosperidad y las mujeres deslumbrantes. El fracaso, el bolsillo vacío y las mujeres feas… sólo provocan enfermedades de los nervios. Muchos han logrado convivir con la fama y no marearse con ella: escritores, artistas, peloteros, futbolistas, actores… Otros, sin haberla tenido jamás, se comportan como si toda la fama del mundo estuviera guardada en sus costillas. No soy famoso. Y es muy posible que nunca lo sea, cosa que no me quita el sueño. Pero si algún día la fama me sonriera, espero no marearme ni actuar como un imbécil.